Cómo sobrevivir a los opinólogos siendo madre

Los de afuera son de palo

los opinólogos

“Los de afuera son de palo”. Es una frase que se utiliza mucho en Argentina pero cuyo origen se atribuye a un jugador de futbol uruguayo de los años 50, Obdulio Varela. Su equipo estaba por jugar la final de un mundial contra Brasil. Los seguidores brasileños visualizaban el triunfo y festejaban de antemano. Los uruguayos, en cambio se mostraban pesimistas, todos opinaban que sería una derrota y solo esperaban que fuera digna. Varela, capitán de su equipo, reunió a sus compañeros y les dijo: “Muchachos, en la cancha somos 11 contra 11, los de afuera son de palo”. Finalmente ganaron. Bien, ahora trasladad esta metáfora de futbol al día a día de la maternidad.

Cuando te conviertes en madre te empieza a rondar un tipo de personas a los que parece que atraes como moscas. Aparecen por todos lados y te dan consejos. Consejos que nadie les ha solicitado, por supuesto. Se trata de los opinólogos.

Los opinólogos son esas personas que no solo creen que son expertos en cierta materia (o en varias) sino que además consideran que están en la obligación de ilustrarte porque, según ellos, tu no sabes NADA DE NADA. No es que tengan una carrera profesional en el tema, es que están convencidos de que su propia experiencia personal los acredita a ir dando cátedra a los pobres inocentes que se prestan a escucharlos.

El caso es que hasta que aprendes a tratar con ellos, por el camino, hacen mella en tu cansado, inseguro, frágil y hormonal espíritu de madre primeriza. Y, como tu de novata les crees, te hacen sentir como una mala madre en toda regla. ¡Olvídalo! ¡Quítate ya esa idea de la cabeza! Eres una buena madre. Los opinólogos pululan por ahí metiéndose en vidas ajenas y los hemos sufrido todas.

Levanto un piedra y sale un opinólogo

Entro al supermercado con mi madre, que lleva a la nena en brazos, y le digo que la siente dentro del carro de la compra. Solo estaremos allí unos minutos y a la niña le hace gracia. Empezamos a llenar el carro con dos o tres bolsas de congelados. La niña juguetea con las bolsas. De repente, una de las dependientas me empieza a decir que la niña se va a congelar, y cuando le respondo que solo será un ratito, que no pasa nada, me suelta un “que madre más mala”.

Estoy en el parque con la peque, se pone a caminar, se tropieza y cae de culito. El parque tiene el suelo de corcho y ella lleva pañal (más protegida imposible). Oigo por detrás: “¡ay! Se cayó”. Me giro y contesto: “si, se cae todo el tiempo”. Y continuo persiguiendo a la nena, ignorando la cara de desaprobación con la que me mira la madre que me lo ha dicho y que gira alrededor de su hijo como un satélite para evitar que la criatura toque el suelo.

Estamos en una comida familiar, mi suegro se acerca a la peque que está a punto de acabarse su plato de pollo y le dice: “basta, ya has comido mucho, no comas más”.  Le digo que no le haga eso, que la nena está comiendo comida, no porquerías.

Vamos por la calle, se acerca alguien que no conozco de nada: “¡Ay! ¡Que simpática! Pero, se chupa el dedo. ¡Quítate el dedo de la boca! ¡Es malo!”. Le respondo que yo también lo hacía a su edad y que ni lo continúo haciendo ahora ni tengo el dedo ni el paladar deformados.

¡Ignóralos! 

los opinólogos y la maternidad

Yo no lo hacía. No los ignoraba. Mi carácter me pone muy difícil eso de hacer oídos sordos. Les respondía y acababa de mal humor. ¿Por qué? Porque son necios y no entienden que criar a un hijo no es como hacer un bizcocho, no hay una receta.

Así que ahora he decidido cambiar de táctica. Practico esto: contar hasta diez e inmediatamente después esbozar mi mejor sonrisa de tonta. Esa de turista que no entiende el idioma y te responde a todo que si sin saber que le estas preguntando. Ensáyalo en casa frente al espejo. Funciona, lo prometo.

Y fiate de ti y de tu instinto. Nadie mejor que tú conoce a tu hijo, lo que le va bien o lo que necesita. Recordad a Obdulio Varela: “Los de afuera son de palo”.

 

¡Nos vamos leyendo!

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